jueves, 30 de mayo de 2013

Tercer interrogatorio: el mayordomo

Sabina se unió con resto de isleños. Me repitió que el pañuelo de seda azul, atado fuertemente alrededor de la cabeza sin vida de Máximo le pertenecía, pero que no lo solía utilizar ya que se trataba de un regalo. Y lo solía guardar en su habitación.

Volví junto al grupo, que se había sentado en la orilla para esperar mi llegada. Todos parecían impacientes, algo tristes, desesperados por salir de una vez de Tabarca.

-Leandro, acompáñeme.

El mayordomo, ex tractorista y amigo durante toda la vida de Máximo vino junto a mí. Quise que nos fuéramos a la parte norte, donde las rocas se apiñaban en torno a un acantilado de escasos metros.
Leandro empezó a hablar, con voz pausada y ronca. Me contó que conoció a Máximo de niño, cuando los dos realizaban el mismo trabajo en el campo y, aparentemente, con las mismas expectativas de futuro.

-Pero Máximo era valiente, y en ese momento apostó no tuvo miedo por apostar por su negocio. Y ganó.
-¿Qué consecuencias tuvo eso en su vida?
-Gracias a la prosperidad de Máximo, pude dejar la vida del campo. Yo nunca fui rico, pero por la buena amistad que tenía con él me invitó a que fuera su mayordomo y trabajara en la casa.
-Pero la gente dice que Máximo no tenía muy buen carácter...
-Y no lo tenía, era un hombre caprichoso y algo egoísta, pero eso no es motivo para matarlo por supuesto. A pesar de eso, era mi amigo. Yo hubiera sido incapaz de hacerle nada malo. ¿Qué será ahora de mí? A mi edad... ¿dónde encuentro trabajo? Y ya soy muy mayor para volver al campo.
-¿No generó envidia la prosperidad de su amigo, mientras usted seguía trabajando en el campo, o quizás peor, trabajando para su amigo?
-¡Por supuesto que no! Quizás por momentos, trabajar con Máximo era bastante difícil por su carácter, pero nunca olvidé que si pude salir del campo, fue gracias a él.

Le pregunté por su relación con el resto de isleños, y me dijo que entre todos había una relación cordial. Apuntilló que afortunadamente, su hermana Dolores no había tenía el carácter agrio de Máximo, y pese a lo que pudiera parecer, era una mujer bondadosa y dulce.

-¿Cómo era su rutina antes del asesinato del señor Alegre?
-Cada uno tenía asignada una tarea durante el día.  Por las noches, los cinco nos juntábamos en torno a la mesa después de cenar y conversábamos durante horas. Máximo nunca participó en eso, en realidad, Máximo sólo se quería a sí mismo.
-¿Dónde estaba la última vez que vio a Máximo?
-Estaba dentro de la casa, solo en el salón.

Miré a Leandro mientras recordaba los testimonios anteriores. Sonreí, pero preferí no decirle nada: Ya había descubierto la primera mentira.





lunes, 27 de mayo de 2013

El segundo interrogatorio: Sabina

Una vez terminé de hablar con Dolores, ambas salimos al exterior y la luz me cegó por unos segundos. Fracisco, Sabina, Juani y Leandro habían sacado de la barca el cadáver de Máximo y lo habían tapado con toallas húmedas. Recordé la escena del crimen: el señor Alegre en la barca semihundida, con las manos atadas a los extremos, ese pañuelo de seda tapándole los ojos y el disparo en al espalda.  Recordé la conversación con Dolores, heredera universal del imperio y la más beneficiada por su muerte, una persona que al mismo tiempo iba a morir en unos meses.

-Por favor Sabina, acompáñeme. Debo hablar con usted -dije mirando a la doncella. La joven se separó del grupo y me siguió. No quise entrar en la casa, por lo que decidimos dar un paseo por la isla, en el punto más alejado de los grillos con el fin de conversar con mayor tranquilidad.

Mientras paseábamos me percaté que, pese a no ser una isla grande, Tabarca tenía varios muelles para el amarre de barcos. Muelles antiguos y casi carcomidos por el raspado incansable del mar y del tiempo.

Caminamos en silencio y me fijé en el estilo de la joven. Vestía unos pantalones de colores bombachos y un top blanco. Sus rastas saltaban por la espalda y un tatuaje de tarántula le subía por el cuello.

-Yo no lo hice -me dijo al borde del llanto.
-No la estoy atacando Sabina, sólo quería preguntarle que...
-Ya sé lo que me quiere preguntar. Que dónde estuve ese día, que si alguna vez discutí con Máximo, que si tenía algo en contra suya... ¡Por supuesto que no! Yo no tengo nada que ver, lo último que tenía que haber hecho es venir a trabajar a esta isla con esta panda de tarados.
-Bueno, tranquilícese. Cuénteme su labor aquí y qué pasó ese día.

Sabina se encargaba de la limpieza y de hacerle la comida a Máximo. A sus 21 años, había empezado a trabajar principios de curso, cuando le fue denegada la beca para estudiar Farmacia. Tenía una actitud rebelde y algo caótica. Odiaba a Máximo, más por la personalidad, por el estilo de vida opulente y consumista que tenía. El día de su asesinato, Sabina estaba restaurando un mueble viejo en la parte trasera de la casa.
-Le juro que no oí nada. Yo estaba barnizando la antigua tarima y de pronto, alguien me tocó en el hombro. Con los dichosos grillos, es imposible oír nada. Vi a Juani que estaba muy nerviosa, me quité los tapones y me dijo que había encontrado a Máximo muerto en la barca.

-¿Quién crees que ha sido?
-No lo sé, no tengo ni idea. Dolores es la más beneficiada con su muerte, y ya se sabe que los ricos hacen de todo por dinero. De todas formas le digo que Máximo era un egoísta, un empresario que pensaba que podía comprarlo todo. Y cuando digo todo, es TODO -me dijo presa de la rabia -Pero yo no lo maté, que le quede a usted claro. Yo soy una curranta más, vengo de un barrio chungo sí, pero no soy mala persona. Lo que menos quiero es meterme en líos, yo sólo quiero tener mi propia farmacia y punto.

Le dije a Sabina que podía marcharse. Cuando ya se estaba alejando, le pregunté:
-Una última cosa, ¿reconoce el pañuelo de seda azul?
Sabina se volvió y me miró fijamente:
-Sí, ese pañuelo es mío. Pero le repito, que yo no lo maté.

miércoles, 22 de mayo de 2013

Dolores Alegre, la primera en hablar

Observé durante unos minutos más cadáver que sobresalía a medio cuerpo del agua.
-Ustedes, saquen el cuerpo de ahí y cubridlo con una toalla húmeda tras lavarlo. 
-Pero señora... ¿no hace falta que le eche otro vistazo? ¿No es necesario que sean lo forenses quienes manipulen el cadáver? -preguntó Francisco.
Ni siquiera le contesté. Ya tenía suficientes pistas y ahora debía buscar por otro lado. Grabé la imagen y la repetí mentalmente: Máximo en una barca semihundida. Manos atadas  a los extremos. Pañuelo de seda azul tapándole los ojos. Camisa blanca manchada, o limpiada tal vez de sangre por el agua del mar. Un tiro en la espalda. 

El cadáver tenía poco que descubrirme ya. Ahora me tocaba el turno de interrogar a.... 


-¿Dolores Alegre? Venga conmigo, debo hacerle unas preguntas.
El resto respiró aliviado. Dolores se quejó.
-¡Eeeh! ¿Por qué yo la primera?
-Porque usted está generando entre mis lectores, como comúnmente se conoce, "mal rollo".
-¿Qué lectores? ¿De qué habla?
-Acompáñeme dentro por favor.. Y dentro de la casa, estos dichosos grillos impiden escuchar a cualquiera.

Dolores me siguió, con el gato en brazos. Entramos en la mansión empedrada: estilo norteño, de piedra gris, con el techo de pizarra a dos aguas, como si acaso fuera a nevar en este punto del país. Y ventanas, decenas de ellas, blancas como la camisa de Máximo antes de ser tiroteada. Ventanas como pedacitos de cristal que se hubieran clavado en la robusta fachada. Una casa que se burlaba de los colores pasteles y la frescura de las casas típicas mediterráneas con una burla que producía escalofríos pese al sofocante calor de Tabarca.

Dolores Alegre empezó a hablar. Divorciada, 45 años. Nunca había tenido buenas relaciones ni con su hermano ni con el resto de su familia, que presa de las buenas costumbres, le hicieron casarse antes de los veinte por un embarazo que nunca llegó a su fin. 
Llegó a Tabarca tres semanas atrás debido a que su casa actual está en reformas. Elegante, distinguida, nostálgica. Me confirmó que la relación con su único hermano era cordial, y que las relaciones mejoraron desde el progreso imparable de Máximo.

-¿Qué hacía el día que murió su hermano? 
-Estaba aquí mismo sentada, dentro de la casa. Estaba sola en el salón con el gato. Lo vi por última vez por la mañana desayunando y luego... Luego ya no lo volví a ver con vida -me contaba sin mirarme, acariciando al gato desde su regazo. 
-¿Oyó disparos? ¿Algún ruido extraño?
-No oí nada, sólo los grillos cantando como cada día. 
-¿Tenía su hermano enfrentamientos con alguien de la casa?
-No aparentemente.

-¿Quién crees que lo mató?
-No estoy segura... Él se llevaba bien con todos y con nadie a la vez.
Contestaba con un tono triste pero seguro, sin llegar al llanto.
-Usted es ahora la heredera universal de todo el imperio de su hermano. ¿Seguirá viviendo aquí con las mismas personas con las que ha vivido su hermano? 
-Por supuesto que no. 
-¿Por qué no?
-Porque uno de los que están ahí fuera, ha matado a mi hermano.

-¿Y si hubiera sido usted? 
-¿Yo? -Dolores sonrió sin ganas - Yo no lo hice, no tiene sentido. Hubiera sido cruel asesinarlo y disfrutar tan poco tiempo de su muerte. 
En ese momento dejó el gato en el suelo por primera vez. En el costado derecho, donde siempre apoyaba el minino, había una enorme úlcera en la cual se le notaba casi el palpitar de los músculos, que se enroscaban putrefactos en un agujero que casi se le veía el hueso. 
-Por eso mi casa está en reformas, necesito adaptarla, el tiempo que esté aquí por lo menos que sea vivido de la manera más digna posible. Esta enfermedad me está carcomiendo y dentro de poco me iré al lugar donde se encuentra ahora mi hermano. Y le ruego, por el amor de Dios, que antes de irme con él, encuentre al asesino. 




martes, 21 de mayo de 2013

Lo que quedó de Alegre

Gracias a la pregunta de la usuaria Saia Sikira, me he animado esta mañana a realizar un reconocimiento del cadáver, fallecido ayer por la tarde según nos contaron los isleños.

A las 9 de la mañana he ido remando en una barca de madera a Tabarca, (el Ferry que hacía la ruta desde Alicante por seis euros y con Georgie Dann de fondo lo quitaron años atrás, cuando Máximo compró la isla, y Salvamento Marítimo estaba demasiado ocupado en la caza de medusas, así que me he tenido que me he tenido que buscar como buenamente he podido la manera de llegar a la isla).  Millas antes de llegar a mi destino escuché un terrible sonido que provenía de ella.
 No eran los lloros desalmados de los habitantes por el luto, sino la colección de grillos vivos del difundo Máximo. 
Ya en en Tabarca me esperaban los isleños, puestos en fila, como si fuera a pasar revisión o si como un fogonazo de inspiración divina fuera a relatar quién había sido el culpable. 
-A ver -les dije en tono lúgubre para hacerme la importante -Enséñenme EL CUERPO. 
Los presentes me han indicado en silencio, todos utilizando el dedo índice de la mano derecha menos la hermana, que tenía el gato en brazos y ha utilizado la izquierda, un hueco entre las rocas. Yo, hasta ese momento, estaba bastante ilusionada pensando que siempre podía ser muerte natural: que fuera un chungo, un telele, un yuyu lo que le había dado al señor Alegre y así podría retomar mi vida estival en Benidorm. 
Pero no, desde luego que lo que he visto era de todo menos natural: Alegre estaba boca abajo, en una barca de madera semihundida, con los ojos tapados con un pañuelo de seda azul. La camisa blanca lucía un agujero del tamaño de una moneda en la espalda, y por el color carmín de la camisa, imaginé que habría salido tanta sangre que habría empapado la camisa y la barca, pero las olas habrían limpiado la escena hasta dejarla con un suave tono rosáceo, como el que tenía ahora la estampa.
Me he vuelto a los únicos habitantes del lugar: la ama de llaves, el pescador de la isla, el mayordomo, la doncella y la hermana del fallecido con el gato en brazos. Todos tenían tapones en los oídos para evitar el ensordecedor canto de los grillos, y pese a ello, discutían elevando tanto la voz que pensé que hasta los vecinos de Santa Pola debían escuchar el vocerío. Se señalaban, reñían, preparaban sus propias teorías, discutían de nuevo. 

Y yo, Isabel Martín, detective durante cuarenta y siete años, me he preguntado quién de los presentes, tan lerdos en apariencia, podría haber cometido un crimen tan inteligente. 

lunes, 20 de mayo de 2013

Cómo empezó todo



Don Máximo Alegre murió en una casa empedradada y apedreada. Empedrada porque la fachada estaba hecha con pizarra y granito y no se qué piedra traída directamente del mismo Aneto para darle a la casa un toque norteño, y apedreada porque el señor Alegre no era muy querido entre sus congéneres, y tenía la fachada varios boquetes provocados por el lanzamiento de piedra, martillazos y con losas de distinta envergadura. 
Alegre murió en su mansión apedreada de Tabarca, la isla alicantina, la cual había comprado doce años antes a la alcaldesa por una cifra nunca sabida. Los alicantinos al principio se mostraron recelosos e hicieron una manifestación que empezaba en la plaza de Luceros: cargados con toallas, bermudas, flotadores y el tupper de tortilla de patata, y con las dos Belleas al frente, gritaban "Tabarca no se vende, preferimos tener liendres". 
Después de manifestaciones, recogida de firmas y huelgas de basura, salió por fin la alcaldesa al balcón de la Casa Consistorial de Alicante. Y salió el President al balcón de las Corts Valencianes. Y salió el Presidente de España al balcón del Congreso de los Diputados.
Y se fumaron tranquilamente un pitillo porque ya estaba cerrado el trato. 
Y así fue como la pobre Tabarca fue vendida por no-se-sabe cuánto a don Máximo Alegre, un tractorista manchego venido a más que consiguió una gran fortuna gracias a la venta de bellotas. Sí, las bellotas, alimento que alegremente comían los cerdos ibéricos para su engorde, en Estados Unidos, Canadá y algunas partes del mismo Tíbet, empezaron a comercializarse y a venderse al precio del más puro caviar. Don Máximo Alegre se hizo con los latifundios castellanomanchegos y  la meseta quedó protegida por un muro de tres metros franqueado por seguratas instruidos en la CÍA para salvaguardar el gran tesoro ahora descubierto: las bellotas manchegas.   

               Tiempo después, cuando agosto se acercaba y yo volaba por la A-31 dirección Madrid-Benidorm, (lo de volar es un decir, porque mi Renault 12 tampoco estaba para pisarle demasiado) le decía a mis sobrinos al pasar por tierras de Albacete:
-Esto antes era una gran llanura que se veía el trigo y la siega - mientras señalaba el búnker del señor Alegre, que había aparcado su tractor y su mula mecánica y se dedicaba a la colección de grillos vivos.


Como decía, al final el Ayuntamiento de Alicante le vendió la isla. Y a un buen precio se vendió, eso seguro. Lo supongo porque los alicantinos, aunque no vieron una mejora en carreteras u hospitales, lo que sí vieron fue los nuevos chalets de los consellers y la alcaldesa en el Cabo de Huertas, con sus nuevos cochazos y que sólo iban a comprar a la tienda gourmet del Corte Inglés, la cual se convirtió en un punto estratégico para la venta de bellotas del señor Alegre.

Pues bien, don Máximo se trasladó a Tabarca y construyó un enorme chalet de culo a Alicante y con vistas al mar. Una ama de llaves, un pescador, un mayordomo, una doncella y la hermana del mismo Máximo, doña Dolores Alegre vivían en la casa. Junto con un gato.

Y yo, para presentarme, diré que soy Isabel Martín, para servirles, una detective jubilada que estoy pasando mis vacaciones en Benidorm. Yo, que me había olvidado de estos crímenes y demás y pensaba vivir mis últimos años colorada y panza arriba, pero con tanto recortes tienen que venir a llamarme a mí, y así  sin comerlo ni beberlo me veo metida en todo este enfrasco. 


Y como digo, a Máximo lo mataron un día de mayo. Un 20 de mayo. Es decir, hoy. ¿Me ayudas a ver quién fue el culpable? Yo cada día te pongo al día de mis investigaciones. Anda, échame una mano... Que cuanto antes resuelva este caso, antes vuelvo a Benidorm.